LA TRAMPA DEL PLACER
Ya nos hemos referido al tema del placer y la felicidad (Noticiero Semanal 9). Estos términos suelen considerarse sinónimos pero en realidad son antónimos. También explicamos en el nuevo libro ENE las diferencias entre dopamina y serotonina, dos neurotransmisores de efectos antagónicos que permiten comprender la significación diametralmente opuesta. La dopamina genera sensación rápida de placer, estimulando las neuronas, lo cual lleva al efecto compulsivo: a la apropiación de cosas, al consumo hedonista, al egoísmo y a la dependencia. Por el contrario, la serotonina genera un efecto relajante, que lleva a la evolución espiritual, al altruismo, a ofrecerse al servicio y a sentirse pleno. El tema es que la dopamina lleva a la hiperestimulación, al activarse por medio de los alimentos y las pantallas, dos recursos abundantes y siempre disponibles. Pero el tema es que la dopamina inhibe a la serotonina. Por eso aquello de “más placer buscas, mas infelicidad consigues”, que resulta el motor de la moderna sociedad de consumo.
Pero hoy quiero referirme a la visión que otras culturas tienen acerca de la felicidad. Y me voy a valer de los claros conceptos desarrollados por Michael Easter en su libro “La trampa del confort” que ya hemos citado anteriormente. Easter viajó a Bután y obtuvo interesantes consideraciones de sus líderes, que quiero compartirles.
El país de Bután seguramente se conoce porque ocupa el segundo lugar en la lista de los «lugares más felices del planeta», obviamente después de Disneylandia. Un estudio reciente constató que solo un 9 por ciento de los butaneses se declaran infelices, mientras que el 91 por ciento restante dice sentirse «más o menos», «bastante» o «sumamente» feliz.
En 1972, el rey de Bután entendió que la mayoría de los países intentan aumentar mucho su PBI, que es la magnitud de todo lo que produce un país. Pero, al hacerlo, suelen generar una clase media y alta, sobrecargada de trabajo y una clase baja que vive en la miseria. Es más, muchos países tienen que devastar el medio ambiente en su afán por amasar recursos y dinero, que son los parámetros que impulsan el PBI.
Como le dijo el rey a un periodista, «la felicidad nacional bruta es más importante que la renta nacional bruta». Su tesis era que el crecimiento económico no es un fin en sí mismo, sino un medio para lograr una meta más importante: la felicidad. Así pues, ¿por qué no averiguar lo que hace feliz a la gente y potenciarlo? El Gobierno butanés se propuso, a través de un ministerio específico, mejorar los nueve atributos que promueven la felicidad: el bienestar mental, la salud física, las condiciones laborales óptimas, la diversidad y resiliencia cultural, una comunidad fuerte, la ecología y unas condiciones de vida adecuadas.
En Occidente, es habitual reducirlo todo al dinero. Muchas cosas no se pueden sustituir por el dinero y los datos económicos. Pese a tener un PBI inmenso, EE.UU. acababa de pasar por una larga etapa de reducción de la esperanza de vida. La caída de la esperanza de vida es un indicador muy grave de que hay muchos factores subyacentes que minan el bienestar. En EE.UU. las condiciones externas pueden estar mejorando. La economía es fuerte y brinda muchas oportunidades y comodidades materiales: pero las condiciones internas podrían no estar mejorando, porque el bienestar no deja de ser un resultado de la interacción entre las condiciones externas e internas de una persona. Y, si las condiciones internas no son sanas, uno se vuelve muy frágil y toma decisiones fatalistas.
La felicidad no tiene tanto que ver con las comodidades externas, como mucha gente cree en Occidente. Según unos investigadores de Stanford, «un hecho extraordinario confirmado en incontables ocasiones es que, en los países más pobres de la Tierra, donde la única preocupación es sobrevivir y subsistir, no hay relación entre la renta nacional bruta y los niveles de felicidad».
Bután va muy rezagado en la faceta económica. El ciudadano medio cobra solo 225 dólares al mes. El Fondo Monetario Internacional sitúa el país en el puesto 161 sobre 185 en términos de PBI. Muchas de las carreteras no están asfaltadas y Timbu es la única capital del mundo sin un semáforo. En 2017, más de la mitad del país no tenía acceso a internet. No hay McDonald’s, Burger King ni Starbucks.
¿Por qué los butaneses parecen tan felices, cuando el país no lidera precisamente los índices de desarrollo? Seguramente haya muchas razones. Los vínculos con la comunidad son muy estrechos, pero los vínculos con el entorno también. Cerca de un 70 por ciento de los butaneses viven en zonas rurales, en comunidades pequeñas de unas 200 personas. La mayoría de la gente tiene tierras.
En este territorio, en una misma ladera, una persona nace, trabaja, crece y muere. En ese sentido, puede que tenga una sensación de pertenencia a una comunidad y un territorio conocido. Esta idea general del arraigo no es tan habitual en Estados Unidos. La gente se muda mucho y vive sobre todo en ciudades. Es probable que el concepto de pertenencia sea más abstracto, que consista solamente en conectar con marcas de productos de consumo.
Los butaneses destacan la salud mental y física como la fuente más importante de su felicidad. La tasa de obesidad es de solo el 6 por ciento: La sanidad pública no es genial, pero es gratis. Todas las operaciones corren a cargo del Gobierno. Y si los hospitales no pueden realizar una intervención con solvencia suficiente, sufragan todos los gastos para llevarla a cabo fuera de Bután.
Los butaneses también están menos endeudados. Todo el mundo tiene casa propia. Los norteamericanos, no. Puede que aquí los edificios no sean tan buenos, pero a un lado tienen ventanas que dan al valle y, al otro, otras que dan al bosque. La sensación de libertad que da no tener deudas es considerable.
La tecnología móvil está provocando que más jóvenes butaneses migren a ciudades como Timbu y Paro. Eso sí, en EE.UU., esas «ciudades» serían meros pueblos de montaña a los que la gente va a esquiar. Además, los habitantes suelen vivir y trabajar en la naturaleza: tener la naturaleza cerca es fundamental. En la naturaleza se activan los cinco sentidos, pero hay que vivirla a diario para que haga efecto. Te puede ayudar a verte desde otro punto de vista. Igual cuando ves una cabra salvaje en el bosque y te cuestionas cómo es su existencia. Te das cuenta de que su vida es mucho más dura. Además, tiene algo de bello y letal. Cuando ves los ciclos por los que pasa, recuerdas que tú también pasas por ciclos.
La mayoría de los norteamericanos no son conscientes de la suerte que tienen, y por eso muchos están deprimidos y buscan cosas equivocadas. Se comportan como si tuvieran que tachar cosas de una lista: “Necesito una buena esposa o un buen marido, un buen coche, una buena casa, un buen ascenso. Y luego, un coche mejor, una casa mejor, hacerme un nombre…” Pero este plan nunca se cumple a la perfección. E incluso si se cumple, ¿qué? No se conforman, sino que añaden más cosas a la lista. La naturaleza del deseo es conseguir algo e inmediatamente querer lo siguiente. Este ciclo de éxitos y adquisiciones no te trae necesariamente la felicidad. Si tienes diez pares de zapatos, querrás once.
En el último siglo, en EE.UU. ha aumentado la acumulación de objetos. Por poner un ejemplo, una mujer norteamericana de los años treinta tenía unas 36 prendas de ropa en el armario. Hoy, la gente que debe contratar un servicio para deshacerse de cosas, tiene 120, y la mayoría de ellas están casi por estrenar. Según científicos de Riverside, los bienes materiales caen víctimas del mismo fenómeno de la «expansión». Nos dan un empujón de alegría, pero solo hasta pasado un tiempo. Luego perdemos el interés y nuestra mente pasa al siguiente deseo material.
Unos investigadores de la Universidad de San Francisco descubrieron que los títulos, el dinero y las posesiones solo alivian el malestar en la medida en que satisfacen nuestras necesidades básicas. Por ejemplo, tener dinero para comprar una casa, suficiente comida y un coche funcional puede aumentar nuestra felicidad. Pero, a nivel del bienestar a largo plazo, no hay una gran diferencia entre vivir en una casa modesta, por ejemplo, y vivir en un casa majestuosa; o entre llevar un automóvil de serie y un alta gama. De hecho, los investigadores encontraron una paradoja: el exceso de materialismo conduce a la infelicidad.
Al seguir ciegamente esta lista de objetivos, muchas veces nos vemos forzados a hacer cosas que nos alejan de esa realidad y felicidad superior. El mecanismo consiste en colmar nuestra vida con una actividad compulsiva, a fin de no tener tiempo para afrontar los problemas reales. Si analizamos nuestras vidas, vemos claramente cuántas tareas triviales y supuestas “responsabilidades” acumulamos para llenarlas. Seguir así, intentando mejorar nuestras condiciones de forma obsesiva, puede terminar siendo un fin en sí mismo y una distracción absurda.
Un estadounidense medio trabaja 47 horas a la semana. Nuestros emprendedores y «gurús de la productividad» predican que el secreto de la satisfacción es tener una mentalidad «de hormiga» y «callar y poner el hombro». El nivel de actividad en EE.UU. ha aumentado radicalmente desde los sesenta. Un equipo de expertos de la Escuela de Negocios de Columbia realizó una serie de estudios que demostraron que cada vez es más común ver estas obligaciones como una manera de elevar el estatus. Esta mentalidad podría ser un sustituto moderno para llenar el vacío dejado por las tareas físicamente exigentes que dejamos de hacer. Por ejemplo, Elon Musk presume de trabajar unas 120 horas a la semana.
Este desequilibrio en la conciliación laboral (o quizás nuestra dificultad por integrar el trabajo en nuestra vida, y no a la inversa) también influye en lo que han demostrado otros estudios: Estados Unidos es menos feliz que hace unas décadas.
O sea que las listas de objetivos no te hacen feliz de verdad. Si entiendes este ciclo y la naturaleza de la mente y priorizas la contemplación, todo irá bien. Aunque no seas rico. No pasa nada, al menos serás contemplativo y tendrás los pies en el suelo. ¿Que no encuentras una esposa perfecta? No pasa nada, estarás presente y prestarás atención minuciosa a lo que sucede en el presente sin juzgar. Estar presente es como poner coto a la manía de hacer listas de objetivos y aprender a conformarse y aceptarse a sí mismo.
En Bután también hay ignorantes, cascarrabias y sentimentales. Tienen los mismos problemas con la lista de objetivos, pero mucho menos. El motivo es que aplican la presencia del cuerpo. Recuerdan que todo el mundo está en proceso de morir. Todo el mundo morirá. No eres ninguna excepción. No pensar en la muerte y no prepararse para ella, es la raíz de la ignorancia. La mente es víctima de muchos desvaríos, pero podemos clasificarlos en tres: avaricia, ira e ignorancia. Cuando uno no cuida de su mente, esos tres defectos se frotan las manos.
Cuando alguien se da cuenta de que la muerte está al caer, su lista de objetivos y las minucias del día a día se vuelven irrelevantes. Su mente empieza a hacer hincapié en lo que la hace feliz. Según un estudio australiano, lo que más lamentan las personas en el lecho de muerte es no haber vivido el presente, haber trabajado demasiado y haber vivido la vida que creían que debían vivir, y no la que querían realmente. En cambio, quienes han pensado en su muerte y se han preparado para ella no se arrepienten de esas cosas, porque no han caído tanto en esos desvaríos. Han vivido el ahora. Tal vez hayan logrado muchas cosas, tal vez no. Pero, sea como sea, su felicidad no se ha visto tan afectada.
El Noticiero Semanal 9 está disponible aquí.
El texto sobre Placer y felicidad está disponible aquí.







