Contagios y epidemias

¿CAUSA O CONSECUENCIA?

 

Nuestra visión fisiológica del ecosistema corporal, descarta el concepto de “enfermedad”. El cuerpo no “enferma” sino que activa sabios mecanismos de adaptación y sobrevivencia, cuyos síntomas llevan a diagnósticos de “enfermedad”. Por tanto, tampoco consideramos que haya personas “enfermas” sino que hablamos de personas con ensuciamiento y toxicidad crónica. Del mismo modo, no concebimos el término “contagio”. Es el ecosistema de cada persona el que genera condiciones desarrollistas (o no) de patógenos. Es evidente que todos estamos en contacto con patógenos y no todos los desarrollamos. Esto coincide con la visión del higienismo americano, cuyos conceptos fundamentales al respecto, reproducimos en esta publicación de Hannah Allen.

La aceptación del concepto de contagio está supeditado a la aceptación de la teoría de los gérmenes como causantes de la enfermedad -es decir, que bacterias específicas producen síntomas específicos. La falacia de esta teoría ha sido demostrada en numerosas ocasiones, e incluso fue admitida por Pasteur, al principio su más acérrimo defensor. Pero la ironía final es la perpetuación de un sistema médico basado en esta teora errónea.

Las epidemias disminuyeron a medida que el hombre purificaba su entorno exterior. La higiene, no la inoculación, acabaron con la Peste Negra. Pero los promotores de las vacunas se atribuyeron el mérito de la desaparición de la mayoría de las enfermedades «epidémicas,» aun cuando las vacunas existían sólo para unas pocas de ellas.

Una abrumadora mayoría de médicos aprueban la vacunación, porque las toxicidades directas «ocasionales» son un riesgo aceptable, en términos del supuesto control logrado sobre las enfermedades «infecciosas.»
Pero la comprensión creciente del peligro insidioso, retardado, enmascarado de la vacunación es el deterioro del sistema inmunitario, disminuyendo la resistencia del cuerpo hacia multitud de enfermedades degenerativas.

ENFERMEDAD: MODO SOBREVIVIR

Un cuerpo sano no tiene necesidad de un proceso mórbido (enfermizo). El estado del cuerpo es muy importante en la manifestación de sintomatologías. Se ha demostrado que la teoría del germen sobre la enfermedad es errónea. La presencia de ciertos gérmenes no es prueba de que sean la causa de una enfermedad.

Los gérmenes no son específicos e intercambiables en su estructura biológica y características químicas. Las bacterias específicas no producen síntomas específicos; es el entorno (el huésped) el que determina el tipo de bacterias que proliferan.

Las enfermedades no son entidades que viajan de una persona a otra. El temor de una «infección» de un corte o herida, aunque extendido, está basado en información errónea. La limpieza es todo lo que es necesario o aconsejable.

El temor a las bacterias agresivas y malignas (bacteriofobia) no tiene ninguna base. La práctica actual de matar gérmenes (dentro y fuera del cuerpo) con medicamentos tóxicos, es la causa de una degeneración cada vez mayor y de las enfermedades iatrogénicas. Los medicamentos desvitalizadores sirven para entorpecer los procesos de limpieza y reparación.

La mal llamada enfermedad es un proceso que implica cambios dentro del cuerpo, produciendo ciertos signos y síntomas que, según su carácter y localización, les vale la etiqueta de una patología determinada. La mayoría de las etiquetas nosológicas que son atribuidas a las llamadas enfermedades, son superfluas y confusas. Y los diagnósticos que se ofrecen son inexactos y relativamente sin sentido, si es que son exactos. El proceso real de las patologías (fiebre, inflamación, dermatosis, quistes) es la acción iniciada por el cuerpo para hacer frente a un ambiente tóxico. A esto le sigue la secuela, o sea el resultado del daño que se infringe al cuerpo por esa causa.

La enfermedad, así como el trabajo realizado por nuestros depredadores simbióticos (las bacterias), son desagradables y agotadores, pero son necesarios para el mantenimiento de la vida. Una vez que la limpieza ha finalizado, el organismo recobra las fuerzas y la normalidad.

No es posible, por medios químicos o biológicos (vacunación), hacer a una persona a prueba de enfermedades. Esto representaría una suspensión de la ley de la causa y efecto. El cuerpo no puede quedar exento de las consecuencias de prácticas dañinas. La inoculación es un proceso que produce enfermedad, que daña a los órganos, al sistema nervioso y a la sangre. Los medicamentos y las vacunas dañan la estructura y función, y aceleran la degeneración y la muerte.

Las mejoras del entorno y las prácticas higiénicas (no las vacunas) las que acaban con las epidemias. Las enfermedades epidémicas son la consecuencia de la existencia de niveles altos de toxinas en los cuerpos de gran número de personas. Cuando los mismo malos hábitos producen los mismos estados vulnerables en gran número de personas, una influencia detonante puede hacer estallar una serie masiva de crisis depurativas entre la población. La supresión (mediante la medicación o la vacunación) de la capacidad del cuerpo para curarse no debería confundirse con la exención de las consecuencias de un estilo de vida erróneo.

¿BUENOS Y MALOS?

Las bacterias no se dividen en «buenos gérmenes» y «malos gérmenes,» pero tienen la capacidad de transformarse en otras formas, según el terreno en el que se encuentren. Un coco (germen de la neumonía) puede transformarse en un bacilo (germen tifoideo), simplemente alimentándole con un virus tifoideo y haciendo otras alteraciones menores en el entorno. Cuando el procedimiento se invierte, los gérmenes tifoideos revierten en gérmenes de la neumonía. En efecto, cualquier germen puede transformarse en otro; pueden modificar su estructura y función, según el entorno cambiante. La virulencia de los gérmenes también puede alterarse, a menudo a voluntad del experimentador.

La microbiota bacteriana no es capaz de vivir fuera del cuerpo. La inoculación de bacterias aerotransportadas nunca ha ocasionado enfermedad alguna a nadie, sino sólo las inyecciones obtenidas de fuentes físicas. Introducir cultivos de gérmenes en un cuerpo sano no produce signos y síntomas de enfermedades. Numerosos experimentos en los que introducían cultivos puros de gérmenes tifoideos, de difteria, neumonía, tuberculosis y meningitis, no produjeron efectos negativos. Los gérmenes son amigos y carroñeros que entran en acción inmediatamente cuando hay terreno para ellos.

Las bacterias están estrechamente relacionadas con muchas enfermedades graves. Contribuyen como factores secundarios o terciarios; elaboran ciertas toxinas poderosas. Sus subproductos se suman a las toxinas primarias. Las bacterias desempeñan un papel importante en la evolución de la llamada enfermedad. Pero no son las causas fundamentales y principales, como muchas personas creen. Es la enfermedad la que crea un entorno favorable para la mutación de las bacterias en aquellas relacionadas con la «enfermedad» determinada y favorable para la proliferación y virulencia creciente de las bacterias. La enfermedad procede de un estilo de vida erróneo.

Las causas de las enfermedades son múltiples y están relacionadas con las facetas negativas de nuestra existencia: nutrición errónea, ejercicio insuficiente, descanso insuficiente, factores mentales y emocionales negativos, relaciones insatisfactorias con otras personas. Los hábitos de vida que no satisfacen nuestras necesidades, que exceden nuestras limitaciones, producen estrés interno, y una carga tóxica que el cuerpo no puede hacer frente.

Las causas más significativas de la enfermedad es el reclamo biológico para conseguir un ambiente corporal ordenado. La mayoría de las causas de las enfermedades están dentro del control del individuo. La enfermedad es unA acción corporal y es limitada. La enfermedad aguda está limitada al tiempo y esfuerzo necesarios hasta que el organismo se libre de las sustancias dañinas.

La tolerancia es la pérdida vital de resistencia. El cuerpo paga por esta tolerancia (llamada erróneamente inmunidad) con enervación general y una resistencia menor a cualquier otra influencia. El intento por conferir «inmunidad» introduciendo cantidades masivas de sustancias tóxicas en la corriente sanguínea, evitando los primeros mecanismos de defensa, estresa al cuerpo de forma insidiosa, y reduce la vitalidad considerablemente.

Una larga lista de enfermedades, desde la ceguera a las convulsiones, pasando por los eccemas y la misma muerte, ha sido atribuida a las vacunaciones. Durante más de cien años, la comunidad médica ha afirmado que los beneficios de la «protección» compensan el riesgo. Ahora un pequeño pero un creciente número de profesionales médicos se están dando cuenta de que existen serias dudas sobre si la inoculación confiere la protección que se le atribuye; y, incluso más importante, si los peligros graves de la inoculación deberían exigir la supresión de la vacunación obligatoria y, realmente, el fin de la práctica de la vacunación.

Aquí podremos descargar el informe completo. Buena lectura…

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