Analogía cuerpo-concierto

¿DISFRUTAR O SUFRIR?

 

Cuando vamos al teatro a presenciar un concierto sinfónico, somos conscientes que todos los detalles hacen al resultado final. La excelencia del teatro, la calidad del escenario, la capacidad del director, la virtud de los intérpretes, la aptitud de los instrumentos, los numerosos ensayos de la orquesta, la virtud del compositor, el auxilio de la partitura, el silencio respetuoso del auditorio… Todo hace al resultado de la percepción final, a la excelencia de la audición y al disfrute del espectáculo sinfónico. Esto es metafóricamente aplicable a nuestra excelencia funcional.

El teatro es nuestro hogar: los materiales utilizados (la jaula de Faraday que generan las estructuras metálicas), los productos empleados para su limpieza (que terminan siempre en nuestros fluidos), la forma de dormir (orientación de la cama, respeto de los ritmos circadianos, el día y la noche), la red electromagnética que nos rodea (los cableados eléctricos, las radiaciones de conexiones y dispositivos).

El escenario es nuestro cuerpo: los órganos base de nuestras funciones (intestinos, hígado, riñones), los fluidos corporales (la sangre, la linfa, la matriz extracelular), la red electromagnética (los meridianos y nadis, los campos de interferencia que generan cicatrices, implantes, grasa corporal).

Sobre la excelencia del director nos ocuparemos más adelante al hablar del corazón. Los interpretes en esta analogía metafórica, son los organismos que nos habitan. Tenemos un rico microbioma formado por bacterias nativas y fermentativas, responsables no solo de la digestión sino de toda la mediación que hace funcional a nuestra biología. Pero también tenemos “huéspedes” que llamamos “parásitos”, que son oportunistas y eventualmente patógenos, pero que están ahí porque les hemos dado las condiciones. Por ello resulta clave el propicio ambiente bacteriano (disponibilidad de oxígeno, alcalinidad ambiental, bio fotones, alta vibración).

En cuanto a los instrumentos, la analogía nos lleva a nuestros alimentos. La excelencia la conseguimos a través de nutrición fisiológica (alimentos vivos, solubles, fermentados), que no es “casualidad” que coincida con la nutrición adecuada para nuestras bacterias, que también se benefician de alimentos vivos, solubles y fermentados. Por eso se habla de nutrición simbiótica. Esta similitud no es “casual” sino que responde a un diseño evolutivo planetario. Algunos podrán pensar que evolucionamos adaptándonos a la proteína animal y a los almidones. Si, sobrevivimos como especie gracias a esta capacidad adaptativa frente a épocas de seria carestía, pero “adaptación no es normalidad”. Es algo objetivamente confrontable al hablar de fisiología comparada y de nuestro diseño frugívoro, algo que tratamos en otros libros y que se puede ampliar aquí.

Párrafo necesario para reforzar el concepto clave de interacción entre músicos (bacterias) e instrumentos (alimentos). Podemos tener el mejor instrumento del mundo (alimento vivo y orgánico) pero si no es ejecutado por un eximio intérprete, no se podrá extraer el mejor resultado. Por ello hay tanto fracaso y frustración siguiendo “dietas”, porque el alimento no está aislado de un contexto fisiológico y vibracional, que es lo que debemos integrar. Podemos comprenderlo en una analogía con un restaurante. El establecimiento puede tener una despensa repleta con buenos insumos, pero si no hay buenos cocineros y eficientes camareros, los comensales quedarán insatisfechos esperando en la mesa por un buen plato de comida.

Pero nada de esto tendría excelencia sin los pertinentes periodos de ensayos que generan automatismos funcionales. Es lo que llamamos hábitos y rutinas. En este marco se inscribe nuestra necesaria e indispensable actividad física, que activa metabolismo, oxigenación y transpiración. Va de la mano con la actividad vibracional, que moviliza nuestros centros energéticos (yoga, tai chi, chi kung, ritos tibetanos) y con el respeto de los ritmos circadianos. Estos ritmos no solamente se regulan por el ciclo luz/oscuridad, sino por adecuarnos a los horarios de plena actividad de nuestros distintos órganos, que no están a pleno las 24 horas del día. Y este funcionamiento reclama por reiterados y habituales periodos de pausa metabólica (ayunos).

Sobre el compositor de la obra sinfónica, no quedan dudas de la perfección de un diseño superior. Por eso hablaremos de la sabiduría del organismo y la ingeniería de la vida, que solo manifiesta la natural perfección fisiológica que somos. Pero para interpretar la obra, se requiere de una partitura, un pentagrama que auxilia y facilita la ejecución. En ese sentido opera el Proceso Depurativo, para ejecutar eficientemente los Seis Andariveles. Son las líneas de acción que, ejecutadas con orden, sinergia y simultaneidad, nos permitirán afinar y sintonizar con la perfección que encarnamos. Así veremos que todo tiene solución cuando afinamos y somos coherentes con nuestra sabiduría celular, bacteriana y energética. Y para culminar la analogía en curso, podremos disfrutar el concierto si en la sala impera un respetuoso silencio. Esto se traduce en silenciar el ruido interno, que se manifiesta como inflamación crónica.

Todo eso que vemos como obvio y necesario para construir un excelente resultado en un espectáculo musical, generalmente no lo vemos tan obvio en cuanto al funcionamiento de nuestro organismo, siendo que la calidad de la partitura está fuera de discusión. Nuestro diseño biológico viene dando pruebas de maravillosa perfección y elevada capacidad de adaptación, frente a millones de años de desafíos evolutivos.

Nuestro organismo ejecuta maravillosas sinfonías todo el tiempo. Pensemos en un simple corte de un dedo con un cuchillo afilado. ¿Cuántas acciones pone en marcha el cuerpo: simultáneas, coordinadas a la perfección y ejecutadas con destreza? Linfocitos, inmunoglobulinas, cicatrizantes, bactericidas, flujo sanguíneo aumentado, señales de dolor, marcadores inflamatorios (al comienzo) y antiinflamatorios (luego), regeneradores de tejidos, generadores de la “cascarita” protectora, y luego agentes que desprenden dicha “cascarita” preservadora que ha cumplido su fin… En unos días la zona del corte recupera su normalidad, sin que el propietario del cuerpo deba hacer mucho más. Y así viene sucediendo por millones de años, aún en las condiciones ambientales más adversas.

Surgirá por cierto la duda: ¿Y cuándo una herida se infecta? Algo que puede suceder, claro. Pero ¿es acaso porque hay un error en la partitura, en la dirección de la orquesta o en los intérpretes? Si observamos mejor la escena, veremos que hay detalles alterados. Encontraremos “músicos” (bacterias) que han sido reemplazados. Y sus lugares han sido ocupados por otros “interpretes” (parásitos), que ejecutan otras “partituras”. Y veremos que los “instrumentos” (órganos emuntorios) están desafinados. Y que no hay “silencioso” respeto en el auditorio (inflamación crónica). Y que se ha deteriorado la “acústica” de la sala (cuadros auto inmunes). O sea, se ha alterado el ambiente corporal.

Veamos el tema del «Ambiente corporal» en el informe que se puede descargar aquí. Buena lectura…

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