Microbiota y patologías

MAS FERMENTOS Y MENOS ANTIBIÓTICOS

 

En estos tiempos, por suerte, se habla mucho de microbiota. El tema de las bacterias comenzó a tomarse en cuenta a partir de la secuenciación del genoma humano. En poco mas de una década se avanzó, casi desde cero, en su conocimiento. Aun hay muchas lagunas, pero es significativo lo que se sabe y que corrobora lo practicado por antiguas culturas. Una microbiota fuerte ayuda a contener procesos inflamatorios, inmunológicos y tumorales. Pero requiere cuidados (alimentos vivos y fermentados) y sobre todo no agresiones (antibióticos) como las que solemos ver en las redes respecto al sibo o al autismo.

La gran comprensión del microbioma humano, vino a partir de la publicación en 2012 por parte del Instituto Nacional de Salud de EEUU, del primer mapa genético del cuerpo, gracias a la tecnología de los secuenciadores de genes. Allí la ciencia comprendió que somos más bacterias que células y que tenemos más genes bacterianos que propios (150 a 1).

El impacto de este nuevo conocimiento es la consideración del papel fundamental de la mal llamada “flora” digestiva en la salud. Antes de esta novedad, se llamaba “flora” a las bacterias intestinales, asociándolas a vida vegetal. Ahora se habla de microbioma o microbiota, y a su desequilibrio se lo conoce como disbiosis o disbacteriosis.

Este desorden aparece implicado (directa o indirectamente) en todas las patologías que se investigan bajo esta óptica: enfermedades autoinmunes, digestivas, cardiovasculares, hormonales, sobrepeso, diabetes e incluso la enfermedad de Parkinson y los trastornos psiquiátricos. Por ello es tan importante conocer más sobre nuestro bioma, para tratarlo correctamente, evitando y corrigiendo su desórden.

Existen colonias bacterianas en el intestino delgado, el estómago, la boca, las cavidades nasales, la piel, el sistema genitourinario, el tracto respiratorio… y sobre todo en el intestino grueso o colon, donde se comprueba la presencia de trillones de microorganismos de 33.627 especies diferentes (bacterias, arqueas, levaduras, hongos y virus). Esta población, interactiva y dinámica, pesa cerca de dos kilos y a todos los efectos debe ser considerado un órgano más (por comparación, veamos que el hígado no llega a ese peso y el cerebro no llega a 1,5 kg).

Ahora comenzamos a comprender que se trata de un ejército de microorganismos (unos 100 millones de millones, o sea 14 ceros) que principalmente pueblan el colon (el último tramo del intestino, hasta el recto), y que día y noche digieren, protegen y limpian, impidiendo que micro organismos dañinos se desarrollen e invadan la zona. Estos “soldados” controlan el apetito, la digestión, el comportamiento e incluso la salud mental.

Nuestros cuerpos son un complejo ecosistema en el que las células representan un insignificante 10% de la población. Esta microbiota, compuesta por bacterias, virus, hongos y protozoos, tiene una relación con nosotros de beneficio mutuo: les damos alojamiento y alimento y estos seres microscópicos realizan un sinfín de tareas beneficiosas para nuestra salud.

Esta diversidad de vida (cada persona tiene su propia microbiota intestinal, tan individual como su huella dactilar) cohabita y coopera, tal como ocurre en los jardines. Cuidar el propio jardín es responsabilidad de cada persona: resembrarlo con frecuencia, eliminar las malas hierbas, abonarlo, cuidarlo diariamente… o por el contrario, abandonarlo, como seguramente hemos hecho por desconocimiento en los últimos años. Por esto último, lo que era un bonito jardín, rápidamente se ha convertido en un baldío y en un nauseabundo vertedero (putrefacción intestinal, moco colónico), refugio de especies nocivas (hongos, patógenos, virus) que provocan enfermedades.

Obviamente la alimentación es el principal condicionante del ecosistema. Pero hay otros factores que afectan la composición de las poblaciones bacterianas que viven en el tubo digestivo: el tipo de parto que tuvimos (vaginal o cesárea), el entorno bacteriano en que vivimos, la lactancia, la contaminación ambiental, el uso de antibióticos y el estrés. Los científicos concuerdan en que la vida urbana moderna, la alimentación industrializada, el uso irresponsable de antibióticos y antiácidos, e inclusive las cesáreas innecesarias, han contribuido a un empobrecimiento de diversidad en la comunidad microbiana, y esto está vinculado a ciertas dolencias, como la enfermedad celíaca, el asma o la obesidad.

¿Y para qué sirven las poblaciones bacterianas que viven en nosotros? Nuestra microbiota interviene en numerosas funciones. Las bacterias intestinales ayudan a digerir los alimentos, y los subproductos de las bacterias son a su vez útiles nutrientes. Alrededor del 75% de la vitamina K es producida en los intestinos por las bacterias. Además, producen nutrientes esenciales (B12, ácidos grasos de cadena corta) y ayudan a absorber nutrientes que provienen de los alimentos.

Las bacterias que habitan en nuestro interior tienen un papel tan relevante, que ya se lo considera como un nuevo órgano esencial, no sólo relacionado con la salud física, sino también mental. Y es que hay millones de neuronas en el intestino (nuestro “segundo cerebro”) y millones más en el cerebro; ambas redes se comunican entre sí (a través del nervio vago) e influyen en las emociones. Esta comunicación y la química del ambiente (neurotransmisores, hormonas) esta mediada por las bacterias.

Una mala composición, o desequilibrio, de las bacterias del intestino, puede causar gran cantidad de síntomas y enfermedades, como sobrepeso y obesidad (con sus consiguientes complicaciones inflamatorias como diabetes, fatiga y problemas de sueño), problemas digestivos (como diarrea, estreñimiento, hinchazón abdominal, flatulencias), trastornos de la piel (como eccema o psoriasis), problemas relacionados con el equilibrio nervioso y emocional (como estrés o depresión), enfermedades infecciosas (como gripe, resfriados, gastroenteritis), algunos tipos de cáncer (como el de colon, mama o próstata) y un largo etcétera.

Cuando el microbioma intestinal se encuentra balanceado, su función general refleja un mayor nivel de energía, tanto corporal como celular, porque en términos generales, se encuentra más saludable y hay actividad mitocondrial más eficiente. Cuando el microbioma carece de bacterias sanas, uno se siente físicamente agotado y eso afecta su rendimiento.

La comunidad científica está revolucionada con cada nuevo descubrimiento ligado a la importancia de la microbiota intestinal en la salud. Por ejemplo, recientemente un estudio ha demostrado cómo la alteración en la microbiota intestinal se relaciona directamente con el desarrollo de la esclerosis múltiple. Los investigadores han comprendido que la alteración en la barrera intestinal y hemotoencefálica (permeabilidad excesiva) desencadenada por la inflamación crónica, afectará al sistema nervioso y provocará el daño neurológico. Ya se habla del ambiente neuroinflamación.

En 2013 Ted Dinan, catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Cork (Irlanda), introdujo un nuevo concepto: los psico-bióticos. Se trata de bacterias que, cuando se ingieren en cantidades adecuadas, mejoran la salud mental. Se ha demostrado que algunas bacterias intestinales de los géneros Lactobacillus y Bifidobacterium segregan o modulan sustancias neurotransmisoras como GABA, acetilcolina o serotonina, implicadas en la regulación de muchos procesos fisiológicos y neurológicos, cuya disfunción se relaciona con ansiedad o depresión. El consumo de ciertas bacterias se asocia con una disminución del estrés y una mejora de la memoria.

Científicos de la Universidad de Boston descubrieron una bacteria intestinal que se desarrolla con el GABA como nutriente. El ácido aminobutírico (GABA) es un neurotransmisor que reduce la excitabilidad neuronal a lo largo del sistema nervioso y regula el tono muscular. La molécula GABA (carente en niños con autismo) es crucial para mantener la serenidad en nuestro cerebro y esto permite comprender por qué la microbiota intestinal puede afectar nuestro humor.

Investigadores del Instituto de Tecnología de California (EEUU) han descubierto que el origen del Parkinson puede estar en el intestino, lo que explica que estos pacientes, años antes de sufrir los primeros síntomas, tienen problemas digestivos. Los investigadores explicaron que las enfermedades neuro degenerativas podrían tener su origen en el intestino, y ello está relacionado con el enlentecimiento del tránsito intestinal, algo que afecta la composición de la microbiota de la persona.

También se ha descubierto hace poco la conexión entre la microbiota intestinal desequilibrada y la diabetes gestacional, y del mismo modo un reciente un estudio vincula una buena, variada y equilibrada microbiota intestinal con una mayor longevidad.

Las vaginitis femeninas son otro ejemplo de interacción bacteriana. Todas las mujeres tienen patógenos que son habitantes naturales de la vagina, pero en concentraciones muy bajas. Junto a ellas, como parte de ese ecosistema microbiano, viven muchos lactobacilos, bacterias del ácido láctico que modifican el pH evitando la colonización por potenciales patógenos y mantienen el entorno saludable. Sin embargo, si por algún cambio hormonal durante el ciclo ovulatorio, por efectos de un tratamiento anticonceptivo, por el contacto con el preservativo o con productos de higiene íntima, cambia el nivel de acidez en ese hábitat, los patógenos pasan a dominar.

Los científicos ahora comprenden que las bacterias vaginales de la madre cumplen una segunda función, tan vital como la primera, pero esta vez para sus hijos. La microbiota vaginal constituye el primer inóculo bacteriano que recibe el bebé al pasar por el canal del parto, fundamental para un desarrollo apropiado del sistema inmune. Esta primera exposición, podría tener consecuencias a largo plazo, como sugieren muchos estudios que asocian parto por cesárea con riesgo de enfermedades inmunes.

La gran diferencia entre los niños nacidos de parto vaginal y por cesárea, son sus bacterias. Los primeros se bañan literalmente en la microbiota vaginal de su madre. Los colonizadores bacterianos iniciales son vitales para los sistemas digestivo, metabólico e inmunitario del pequeño. Instalados en el intestino, hacen la mayor parte de la digestión al bebé. Además de descomponer la leche, las colonias intestinales fabrican una serie de vitaminas que el cuerpo humano por sí solo no es capaz de generar y también funcionan como entrenadoras del sistema inmunitario. A su vez se sabe que un 21% de la leche materna no resulta asimilable para el bebé, sino que es sustrato alimentario (prebiótico) para las bifidobacterias que deben proteger al niño. Incluso ahora se descubre que el calostro de las primeras horas aporta inmunoglobulinas (anticuerpos) en alta concentración… y más de 700 bacterias para proteger al bebé!!!

El Dr. David Perlmutter, neurólogo y autor de los best sellers “Cerebro de pan” y “Alimenta tu cerebro”, pone en evidencia las limitaciones del sistema médico: “Toda mi carrera he estado frustrado por no tener herramientas muy poderosas para lograr cambios en las personas que tienen problemas neurológicos. Ahora empezamos a conseguir esas herramientas, y están en el intestino. ¿Quién lo hubiera pensado? En la escuela de neurología, no estudiamos la composición de las bacterias intestinales y cómo influyen en el cerebro. Es la verdadera definición de simbiosis: apoyamos su salud y ellos apoyan la nuestra. Y lo hacemos por medio de los alimentos que comemos. Ellas son comensales. Compartimos la comida. Las tratamos bien al consumir alimentos fermentados, que son ricos en bacterias probióticas y alimentos que contienen fibra prebiótica. Estos nutrientes mejoran el crecimiento de bacterias buenas. Múltiples estudios comprueban pérdida de peso, un mejor control del azúcar en la sangre y menor inflamación. Un estudio reciente muestra cómo los niños con rinitis alérgica y problemas respiratorios, tienen mejoras sólo con darles fibra para mejorar el crecimiento de bacterias saludables.

Pero los científicos tienen limitaciones para avanzar en este conocimiento; no pueden poner cámaras como las que se emplean para estudiar el comportamiento de animales. Ahora, gracias a las técnicas de secuenciación masiva y a la genómica, están comenzando a ver el paisaje. Sin embargo la mayor parte de los estudios sobre microbiota intestinal se hace a partir de las heces, y es más relevante conocer las bacterias que están pegadas a las paredes intestinales; pero para conseguirlo es necesario hacer biopsias y eso complica la tarea.

Además, muchas bacterias viven tiempos muy breves y dependen de condiciones específicas de ese ambiente interno, lo cual también dificulta su estudio. Por todo esto, el desconocimiento de los microorganismos que viven en nuestro interior sigue siendo inmenso. Los científicos saben que miles de especies de bacterias distintas nos habitan, pero solo somos capaces de cultivar un centenar. Así que por ahora debemos ser pragmáticos y sobre todo autogestores del orden interno.

Es importante tomar consciencia de la gran cantidad de factores que afectan a la microbiota:

– Estreñimiento y putrefacción intestinal

– Hipoclorhidria, carencia de ácido clorhídrico (fármacos, dulces)

– Déficit inmunológico (prednisona, corticoides)

– Alimentos con antibióticos (producción animal)

– Exposición al estrés (adrenalina, acidez)

– Patologías del embarazo, anticonceptivos, cesáreas

– Carencia enzimática (alimentos cocidos)

– Campos electromagnéticos artificiales (microondas)

– Fibra inadecuada (salvado insoluble)

– Parasitosis, candidiasis, laxantes

– Agua clorada, exceso de desinfectantes

– Escasa lactancia materna (maduración lleva 3 años)

– Exceso de ingesta de proteína animal (putrefacción)

– Carencia biliar alcalinizante (acidez del bolo alimentario)

– Uso de alcohol y otros alimentos refinados

– Uso de conservantes (inhiben cascadas enzimáticas)

Párrafo aparte para los fármacos. Un estudio de Nature mostró la evaluación del efecto de un millar de medicamentos no antibióticos, contra 40 cepas bacterianas intestinales. Se comprueban daños de aspirinas, analgésicos, antiinflamatorios, antibióticos, antipsicóticos, antihistamínicos, inmunosupresores, inhibidores de la bomba de protones (IBP), medicamentos contra el colesterol, antieméticos, píldoras anticonceptivas y para disfunción eréctil.

Últimamente en redes e internet aparecen recomendaciones para situaciones como el autismo o el sibo (sobrecrecimiento bacteriano). Se sugiere el uso de antibióticos o antiparasitarios, ambos de importantes efectos dañinos y tóxicos. Los pocos parasitólogos suelen usar fármacos de alta toxicidad. Es ilógico concebirlo como una acción fuera de contexto y tóxica. Frente a organismo colapsado, no podemos sumar nuevos problemas: más toxemia y más cadáveres a eliminar.

Pero hablemos de antibióticos, refiriendo conceptos del gastroenterólogo estadounidense Will Bulsiewicz, autor del libro “El poder la fibra”. Cinco días de tratamiento con ciprofloxacina acaban con un tercio de las bacterias del intestino. La microbiota intestinal ya no volverá a ser la misma. Muchas especies se recuperan en un mes. Pero algunas siguen ausentes después de 6 meses. Efectos de la claritromicina y la metronizadol, siguen siendo evidentes pasados 4 años del tratamiento. Un tratamiento de solo 4 días con 3 antibióticos de amplio espectro, puede destruir de forma permanente 9 especies de bacterias benéficas. El resultado: un «nuevo microbioma normal» con más microbios resistentes a los antibióticos, que nos hacen más vulnerables a infecciones, alergias, osteoporosis y obesidad”.

Por todo esto, órganos y fluidos limpios, desparasitado revulsivo (no dañino), cuidados ambientales y una alimentación fisiológica (comida vida y fermentada). Algunos consejos?

– Mucha fermentación (alimentos probióticos)

– Mayor diversidad vegetal posible (conteo de plantas x día)

– Sumar fibra prebiótica (nutrir a las bacterias)

– Si usamos almidones, que sean resistentes (24hs de frío)

– Preferir alimentos enteros (procesar en casa)

– Evitar la proteína animal (usar aminoácidos vegetales libres)

– Menor cocción posible (reducir destrucción y coagulación)

O sea, sugerencias para tomar mejores decisiones y disponer de una microbiota potente y diversificada.

El archivo con más información sobre ALMIDONES RESISTENTES se puede descargar aquí.

El archivo con más información sobre MICROBIOTA Y PROBIOTICOS se puede descargar aquí.

El archivo con más información sobre PARASITOS Y DESPARASITADO se puede descargar aquí.

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4 comentarios en “Microbiota y patologías”

  1. Un lujo tener a Néstor PALMETI informándonos de temas relacionados con la salud Tras la depuración que hice hace 3 años bajo su tutela, mi piel se vio sin la dermatitis que la habia acompañado durante muchos años. GRACIAS

  2. Gracias por compartirnos su vasto saber .Con el tiempo, finalmente aprendemos y modificamos. Voy aprendiendo a hacer fermentados. Hasta la próxima. 7

  3. Elsa soledad Garcia

    Buenas tardes
    Necesito saber si tienen programado hacer la depuración que realizan en Córdoba.
    Me interesa conocer para cuando sería y poder anotarme
    Desde ya muchas gracias

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