REPRESIÓN Y ALIMENTACIÓN
Nada tan sofisticado, tan poco comprendido y tan tontamente reprimido, como la inflamación. Por una cuestión de sobrevivencia, el organismo no tolera la presencia de sustancias que afecten el bienestar general. Intentará buscar la mejor solución entre sus opciones primarias: transformar, eliminar o encapsular las presencias inadecuadas, vengan de alimentos, tóxicos, microbios o procesos internos. Frente a ello hay que poner en contexto la popularización de dietas y sobre todo de fármacos antiinflamatorios.
A la inflamación la reconocemos por el sufijo “itis”. Muchas veces se asocia a cuestiones funcionales. Es el caso de la fascitis plantar, una de las causas más comunes del dolor de talón. Implica la inflamación de la fascia plantar, que es el tejido grueso que atraviesa la planta del pie y conecta el hueso del talón con los dedos de los pies. Pero veamos algunos simples ejemplos:
Amigdalitis: inflamación de las amígdalas.
Artritis: inflamación de las articulaciones.
Blefaritis: inflamación de los párpados.
Bronquitis: inflamación de los bronquios.
Condritis: inflamación de los cartílagos.
Cistitis: inflamación de la vejiga.
Dermatitis: inflamación de la piel.
Encefalitis: inflamación del encéfalo.
Endocarditis: inflamación del endocardio.
Enteritis: inflamación del intestino.
Esplenitis: inflamación del bazo.
Faringitis: inflamación de la faringe.
Flebitis: inflamación de las venas.
Gastritis: inflamación del estómago.
Gonitis: inflamación de la rodilla.
Hepatitis: inflamación del hígado.
Laringitis: inflamación de la laringe.
Mielitis: inflamación de la médula espinal.
Miocarditis: inflamación del miocardio.
Nefritis: inflamación del riñón.
Neuritis: inflamación de los nervios.
Otitis: inflamación del oído.
Poliomielitis: inflamación de la sustancia gris de la médula espinal.
Rinitis: inflamación de la nariz.
Es interesante advertir como se mueve el sistema corporal frente a agresiones físicas, como pueden ser espinas o fragmentos que ingresan al organismo accidentalmente, debido a golpes o cortes. Frente a estas agresiones, con celeridad y precisión se ponen en marcha cantidad de acciones y principios activos: aumentado flujo sanguíneo, incremento de temperatura, oleada de actores inmunológicos, secreción de principios coagulantes y cicatrizantes, supuración de pus, regeneración dérmica… Todo eficientemente coordinado y dosificado, como comprueba cualquier afectado. Y no podemos dejar de lado los agresores químicos, provenientes de agroquímicos (el viejo DDT y el nuevo glifosato), aditivos (ácidos, emulsionantes) y compuestos farmacológicos (la evidente quimioterapia tóxica).
Pero mas allá de estos agresores físicos (pequeños en ocasiones y volúmenes), están las agresiones microbianas y alimentarias. Las primeras provienen de microscópicos patógenos (salmonella, escherichia, microbios infecciosos) y de no tan microscópicos parásitos. Pero las segundas son infinitamente más voluminosas y omnipresentes. Diariamente ingresamos al cuerpo un par de kilogramos de alimentos, cuya mayor parte desata justamente una respuesta inflamatoria.
LA INFLUENCIA ALIMENTARIA
Aquí cobra significación la cuestión nutricional, siempre evitando hablar de “dietas”. Lo correcto es hablar de alimentos que generan (o no) reacción inflamatoria. Y en definitiva los que son (o no) fisiológicos, o sea adaptados a nuestro sistema digestivo. Si bien puede haber excepciones que confirman la regla, nos referimos a la proteína animal (putrefactiva), a los almidones (es conocido el efecto inflamatorio del gluten y la consecuencia celíaca), a los industrializados (refinados), a los procesos culinarios (cocción a altas temperaturas) y a los adictivos que entran al organismo (alcohol, cigarros, drogas).
Como ejemplo citamos la evidencia de la leucocitosis post prandial. La leucocitosis es una condición patológica que se da comúnmente frente la amenaza a la función corporal, en casos de infección, intoxicación y envenenamiento. Esto lo demostró el Dr. Paul Kouchakof, médico ruso emigrado a Francia, quién publicó en 1930 un estudio sobre millares de personas a las cuales les analizaba la sangre tras la ingesta de distintos tipos de alimentos.
El médico ruso observó que este índice se duplicaba media hora después de la ingesta de alimentos cocidos, mientras que nada sucedía tras la ingesta de alimentos crudos. Kouchakof comprobó que la multiplicación de leucocitos se aceleraba cuando los alimentos se cocinaban por encima de cierta temperatura: 87º en el agua, 70º en ciertas frutas, 97º en verduras y oleaginosas.
Los leucocitos son parte de la respuesta inflamatoria, durante la cual se liberan sustancias químicas llamadas citocinas e histaminas, que atraen a los leucocitos al sitio del problema. Estos glóbulos blancos actuan como una primera línea de defensa del sistema inmunitario.
Otro ejemplo son los lácteos, que generan reacción inflamatoria por diversos motivos. Dado que la proteína láctea se digiere muy poco en el intestino, las grandes cadenas de caseína no desdobladas, actúan como pegamento , depositándose en los folículos linfáticos del intestino, entorpeciendo la absorción de nutrientes y generando fatiga crónica e inflamación intestinal.
También se identificó la asociación de la ingesta de leche con la activación de 2 biomarcadores 8-iso-PGF2α y la interleucina 6 (gen IL6), que forman parte del estrés oxidativo y el proceso de la inflamación, respectivamente. Está constatado que los complejos antígeno-anticuerpo generados por la leche se depositan a veces en las articulaciones provocando su inflamación.
Además de numerosa evidencia científica, es obvia la popular inflamación de amígdalas de los infantes que toman leche. La pasteurización que se realiza para matar a los patógenos por temperatura, genera “cadáveres” que no hacen mas que activar la reacción inflamatoria que intenta frenar este flujo de restos tóxicos. ¿Es razonable extirpar las amígdalas, primera estación de protección inmunológica e inflamatoria?
LA REACCION INFLAMATORIA
Frente a este amplio panorama de agresiones que condicionan la función corporal, el organismo pone en marcha sus mecanismos de armonización, que conforman la reacción inflamatoria. Esta respuesta global requiere mayor presencia de oxígeno y del ritmo cardíaco, más sangre en circulación, aumento de la combustión y fiebre. Ello se traduce en fenómenos conocidos y bien visibles: enrojecimiento (por mayor flujo sanguíneo), calor (la temperatura aumenta la eficiencia química), tumefacción (incremento de la porosidad), dolor (reclamo por la inmovilización), limpieza (barrido de residuos), reparación (regeneración de tejidos) y defensa (producción de anticuerpos).
A nivel global, la respuesta inflamatoria se aprecia, como vimos, en distintas áreas del cuerpo: intestinos (diarrea), riñones (orina fuerte), pulmón (flemas, gases, tos), piel (sudor, granos, urticaria), hígado (bilis congestionada, grasa hepática)… Y todo comienza con reacciones leves y malestares momentáneos, como puede ser un simple dolor de garganta.
La ciencia comienza a considerar esta crónica convivencia del organismo con el desorden ambiental y ya se acuñan términos como inflamación de baja intensidad. También se habla de hipertensión crónica, resistencia a la insulina y se bautizan con nuevos nombres a las llamadas patologías autoinmunes. ¿Por qué sucede todo esto?
Sigamos la trama: nosotros agredimos al cuerpo, el cuerpo se defiende, y nosotros nos defendemos de los mecanismos defensivos del cuerpo y reprimimos. Usamos anti inflamatorios, anti febriles, anti diarreicos, anti bióticos, anti hipertensivos, pomadas con corticoides, mutilamos estructuras defensivas (amígdalas, apéndice), usamos tónicos para el apetito (a fin de seguir comiendo)…
El cuerpo tiene que sobrevivir y buscará otros caminos para intentarlo. Allí aparecen los modernos diagnósticos de enfermedad autoinmune. Y no es que «el cuerpo se ataca a sí mismo», sino que simplemente intenta sobrevivir y para ello debe inventarse nuevos mecanismos, más sofisticados y costosos en términos energéticos. Y luego de rotular la defensa (psoriasis, fibromialgia, lupus, celiaquía, tiroiditis Hashimoto, artritis reumatoide, fatiga crónica, enfermedad de Crohn, enfermedad de Graves, colitis ulcerosa, intestino irritable, esclerosis múltiple, esclerodermia, diabetes 1…), reprimimos con protocolos a los cuales los médicos no pueden resistirse, bajo pena de recibir una demanda por mala praxis.
El médico no inventa los protocolos oficiales. Frente a una diagnosticada autoinmune, los profesionales tienen bien marcado el camino a seguir. La primera línea es inhibir la respuesta inmunológica y para ello utilizarán esteroides (prednisona) y aines (ibuprofeno). La segunda línea es interferir la replicación… Y la tercera línea es interferir la comunicación… Pero como el paciente se lamentará de dolores, deberán anestesiar, recurriendo a la desconexión del sistema nervioso mediante la potente y trágica pregabalina, tan usada en fibromialgia, epilepsia, dolor neuropático, ansiedad generalizada y con tantos efectos secundarios, más allá de la somnolencia…
Aquí vale una reflexión sobre el dolor como marcador inflamatorio. Nuestra sociedad está atravesada por la hipersensibilidad y el dolor crónico. Del tema ya nos ocupamos al hablar de los opiáceos. Justamente las algias sirven para que nos inmovilicemos y el cuerpo pueda concentrar toda su energía en el proceso de armonización (inflamatorio) en curso. Eso hacen los animales; frente a un golpe, se quedan quietos para dejar a la naturaleza hacer su proceso de reparación. Pero el humano moderno “no puede parar”. Publicidades de analgésicos usan la frase “el dolor para, vos no”. Y los calmantes femeninos apuntan a “tus hijos te necesitan los 28 dias, no pares”. Y ya hay potentes compuestos “duo” que unen ibuprofeno con paracetamol…
Uno se sorprende al ver la publicidad de un analgésico antiinflamatorio pediátrico. No viene al caso citar la marca, pero es un medicamento antinflamatorio y analgésico, compuesto por ibuprofeno (nombre genérico), que está indicado en el tratamiento del dolor de diversos orígenes: se usa para el alivio temporario de la fiebre, dolores de garganta, de dientes y de cabeza, para resfríos y estados gripales que se acompañan de fiebre y/o mal estado general. Todo esto para niños… Si hay fármacos para peques es porque hay padres que lo demandan para sus hijos…
Conclusión: comprender la benéfica acción inflamatoria, no reprimirla; solo basta con no demandarla. Y para eso debemos tomar mejores decisiones. No es necesario pensar en dieta antiinflamatoria, ni pelear con la inflamación; basta con elegir alimentos y elaboraciones que no detonen reacciones defensivas por parte del organismo.
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