¿TAPAR LOS SÍNTOMAS?
Hablaba semana pasada del necesario cambio de paradigmas. Y es que hay paradigmas a cambiar por todos lados, pero si hablamos de salud, el paradigma “rey” que hay que reconsiderar, como sociedad, es el de la represión de síntomas. Porque daña, no resuelve, es costoso, genera dependencia y nos quita el poder.
Es fácil comprender lo nefasto que resulta la represión de síntomas, porque el síntoma es apenas “la punta del iceberg”, que es la toxemia crónica. Este mal hábito de “tapar” o “silenciar”, fruto de un contexto social que reclama soluciones instantáneas y del gran negocio basado en prometerlas, ha dejado en el olvido las bases de la terapéutica hipocrática. Los griegos hablaban de tres fases en el proceso curativo: en primer lugar el reposo o ayuno, o sea la depuración; si no era suficiente, se actuaba con la dieta; y solo en última instancia se debía recurrir a la intervención.
La medicina alopática se encargó de borrar las dos primeras fases, acortando camino hacia la medicación represora de síntomas. Tratamos al organismo como si fuese un “idiota” que hace mal las cosas o que estuviera “fallado”. Como explicamos en el último libro, el cuerpo de forma inteligente y perfecta, solo trata de sobrevivir a nuestro maltrato cotidiano.
Pero más allá de la cuestión comercial de la industria farmacológica, lo que quiero marcar es la implicancia de las sustancias represoras (y sus efectos secundarios), que se convierten en parte trascendente de nuestro colapso tóxico.
Veamos un ejemplo sencillo. Aunque no podemos considerarla una enfermedad, nuestro comportamiento frente a la sudoración es un claro ejemplo de la actitud represora de síntomas. El sudor es un canal natural de excreción de desechos, a la cual llamaremos “tercer riñón”. El organismo tiene glándulas específicas para eliminar toxinas detrás de las rodillas, detrás de las orejas, en la ingle y en las axilas. La presencia de sudor corporal es un indicador de buen funcionamiento de estas glándulas, mientras que su abundancia o el mal olor significan colapso tóxico y alimentación inadecuada.
Pero en lugar de corregir las causas del desequilibrio, utilizamos sustancias químicas sintéticas que bloquean la emisión del sudor: los populares antitranspirantes. Es más, ahora se ha puesto de moda una intervención quirúrgica aplaudida por como un logro de la dermatología. La técnica evita la transpiración excesiva. Fue desarrollada por un cirujano argentino. Consiste en eliminar, por medio de láser, las glándulas sudoríparas de las axilas; es ambulatoria y se realiza en 45 minutos. Obviamente está destinada a… ¡¡¡eliminar las glándulas sudoríparas de las axilas!!! Se hace en pocos minutos y está orientada a personas con sudoración excesiva, o sea… ¡¡¡muy intoxicadas!!! Un detalle: tras la operación, las personas comienzan a sudar por la espalda o el tórax!!!… un pequeño “efecto secundario”… Y para colmar la capacidad de asombro, ahora se bloquea la sudoración con implantación de botox o toxina botulínica!!!
Los anti-transpirantes (como su nombre claramente lo indica) bloquean la transpiración; por lo tanto, impiden excretar las toxinas a través de las axilas. Estas toxinas, al no poder ser evacuadas, pasan a las glándulas linfáticas que se encuentran debajo de los brazos. La mayoría de los tumores cancerígenos de seno, ocurren en este cuadrante superior del área de la mama, precisamente donde se hallan dichas glándulas. ¿Casualidad? No olvidemos que las mamas están conformadas por conductos linfáticos. Ni hablar de los linfomas o cáncer linfático.
En opinión del Dr. Christopher Vasey, “las medicaciones represivas de síntomas, que van en contra de los esfuerzos de purificación del organismo, solo deberían emplearse cuando la vida del paciente está en peligro, cuando los dolores son demasiado fuertes o cuando hay una invasión microbiana generalizada”.
Como puntualiza el Dr. Robert Masson, director de estudios del Instituto de Naturopatía de París: “Prudencia frente a ciertas “curaciones”; como esos eccemas o psoriasis muy mejorados, cuando no “curados” por pomadas generadoras de ceguera, epilepsia, cardiopatías, asma o tumores; leucorreas, poco o nada infecciosas, “reemplazadas” a consecuencia de un tratamiento local “muy eficaz” por mastosis, fibromas, esterilidad, asma, angina de pecho o depresión; hemorragias nasales cauterizadas, seguidas muy rápidamente por un Parkinson; hemorroides poco sangrantes, “rápidamente secadas”, seguidas de un ataque cerebral fulminante”.
Lamentablemente se ha generalizado el concepto de un “remedio” para cada “enfermedad” y cuanto más grave la enfermedad, más potente la medicación. O sea que seguimos luchando contra los efectos sin suprimir las causas: en el ejemplo del automóvil, continuamos apagando la luz de presión de aceite, en lugar de resolver la causa que la activó. Al incrementarse la contaminación del terreno -por el aporte tóxico de los medicamentos empleados- y deprimirse cada vez más la fuerza vital, nuestro sistema inmunológico se tilda, pierde efectividad de acción y se abren las puertas para un estado más peligroso.
En los retiros del Espacio Depurativo, compartimos con nuestros huéspedes, a modo de ejemplo y de cuestionamiento, un fragmento de una serie médica (El Residente) que se desarrolla en un hospital de alta complejidad de Atlanta (EEUU). Ese capítulo de la serie aborda el tema de la represiva prescripción farmacológica, llamada polifarmacia. En el fondo, los efectos farmacológicos múltiples, son otra causa crucial del agobio tóxico cotidiano. Y ni hablar de la quimioterapia y sus efectos devastadores.
Médicos investigadores de este hospital de alta complejidad (el Chastein) visitan un geriátrico donde viven un médico retirado, especializado en geriatría (pero que ¡¡¡padece Alzheimer!!!) y su esposa. Ella es la protagonista de la historia, al sufrir una repentina descompensación. Trasladada al Chastein, es analizada por los médicos investigadores del instituto, que descubren las consecuencias de la multi-medicación (que llaman polifarmacia) generada por sus colegas precedentes y que se asocia con efectos secundarios, que causan caídas y traumas, e incluso un aumento en la mortalidad.
La paciente misma describe: “Todo comenzó con la artritis, el ibuprofeno no estaba haciendo nada, así que un médico me dio prednisona (corticoide). Eso me provocó acidez estomacal, así que me recetó omeprazol (antiácido). Pero luego eso me produjo nauseas, así que me dieron ondansetron (antinauseoso) para el estómago. Pero mi corazón se aceleraba, tenía palpitaciones, así que me dieron metropolol (antihipertensivo). Luego mis piernas se hincharon y me dieron furosemida (diurético). Mi presión arterial se disparó… ¿debo continuar?”
Los médicos empiezan a comprender las interacciones: “Le dieron hidroclorotiazida (diurético) que provocó su fatiga y por eso le recetaron metilfenidato (estimulante), lo que tuvo una interacción negativa con el linezolid (antibacteriano) que tomaba para la celulitis, o con el zolpidem (sedante para el insomnio) y la quetiapina (antipsicótico), que también tomaba”.
Los investigadores reconocen que esta batería de fármacos prescriptos por distintos médicos que antes habían tratado a la paciente, había encubierto la causa profunda, la enfermedad de Whipple. Este diagnóstico es una aparente “infección bacteriana grave” que suele afectar las articulaciones, el aparato digestivo y también otros órganos, como el cerebro, el corazón y la vista. En origen es lo que nosotros llamamos mucosa intestinal demasiado permeable, que no es solo efecto de una bacteria, sino resultado una condición multifactorial, pero que disemina la problemática en todo el organismo, tal como ampliaremos en el próximo capítulo.
Los signos y síntomas de la “enfermedad de Whipple” pueden incluir: fiebre, tos, agrandamiento de los ganglios linfáticos, oscurecimiento de la piel en zonas expuestas al sol y en cicatrices (¿cáncer de piel?), dolor en el pecho. Los signos y síntomas a nivel del cerebro y del sistema nervioso (neurológicos) pueden ser: dificultad para caminar, problemas de visión, incluida la falta de control de los movimientos oculares, confusión, pérdida de la memoria.
Volviendo al video, la paciente luego se descompensa, se le detecta una perforación intestinal y se la somete a una intervención quirúrgica de urgencia para salvarle la vida. En el quirófano los calificados cirujanos se encuentran con el intestino inflamado crónicamente (“esto no sucedió de la noche a la mañana” dice el cirujano) y surge una complicación en el corazón. Los médicos investigadores llegan tarde con el diagnóstico, sugiriendo antibióticos para la paciente, que poco antes había fallecido en el quirófano, cuando intentaban salvarla de una oclusión en el corazón que derivó en un paro cardíaco fatal.
Los investigadores critican a sus colegas por la visión “pedazológica”, pero en un momento caen en aceptar aquello de que “todo esto que sufre la mujer, es el precio por vivir 80 años”, siendo que luego caen en cuenta que el problema lo genera la represión de síntomas y no la edad. Y lo dicen médicos investigadores que critican a sus colegas. En el fondo, los efectos farmacológicos múltiples, son otra causa crucial del agobio tóxico cotidiano. Y ni hablar de la quimioterapia y sus efectos devastadores.
¿No es momento de cambiar este paradigma? ¿No es momento de modificar hábitos equivocados para dejar de necesitar represores de síntomas? No hay que pelearse con la medicación, simplemente hay que estar bien para “no necesitarla”.
El archivo con más información sobre REPRESIÓN se puede descargar aquí.








4 comentarios en “El problema de la represión”
Hola. Les consulto, la piedra de alumbre es sana para el cuerpo? Según dicen elimina las bacterias que producen el mal olor pero también mencionan un efecto astringente cerrando los poros? Muchas Gracias.
El cuerpo no necesita nada. Limpiar y no ensuciar. Solo agua.
Muchas Gracias Nestor. Saludos.
Excelente tema y muy útil para todos!
Muchas gracias.
Cordial saludo