Longevidad fisiológica

POR MAYORES MÁS DIGNOS

 

Cuando presentaba el nuevo libro, surgieron burlas al citar la longevidad natural, en parte tomando en broma lo de 150 años y en parte afirmando que no tiene sentido vivir tanto, mal y vegetando. No creemos en el objetivo de la longevidad a cualquier costo; creemos sí, en la digna vida centenaria como consecuencia de haber entendido quiénes somos y para que estamos aquí: para evolucionar, resolviendo desafíos cotidianos y para ser útiles. De eso se trata la vida, de tener mejor percepción de la realidad, de poder tomar mejores decisiones, y de ese modo ponernos al servicio para expandir más consciencia.

Todo el conocimiento disponible, resumido en el libro nuevo, puede ayudarnos, a modo de un “navegador”, a transitar este recorrido en modo más eficiente. Si utilizamos el ejemplo del automóvil, es como si utilizamos un vehículo diseñado para una vida útil de 200.000 km y lo rompemos a los 100.000… Habrá quienes se consuelen diciendo que hay otros que lo rompen a los 70.000, lo cual suena al “consuelo del tonto”. Seremos tan o un poco menos “tontos” que los demás, pero “tontos” al fin. Lo evolutivo es usar y administrar correctamente el vehículo hasta completar, en buen estado, los 200.000 km previstos por sus diseñadores.

Nuestro cuerpo está diseñado para vivir 140/150 años y para gozar de una tercera dentición al trasponer la centuria, tal como vimos en otra entrada del blog. Entonces ¿es para festejar la actual “extendida” expectativa de vida de 70 u 80 años, argumentando superioridad sobre quienes apenas llegan o llegaban a los 50?

Pruebas sobre la longevidad existen y han existido en distintas latitudes geográficas y en diferentes etnias. Es el caso de ejemplos relevados en Abkhasia, Cáucaso, costa este del Mar Negro (ex URSS, actual Georgia). Entre otros, allí se certificó el caso de Shirali Misilimov, que falleció a los 168 años y había sido padre a los 136 años. También hay mucha documentación sobre el Valle de Hunza, ladera occidental de los Himalayas (entre Pakistán y China), donde la población centenaria es frecuente. Tampoco podemos olvidar a los resistentes tarahumaras, del estado de Chihuahua (Méjico). Otros lugares con poblaciones longevas son Ogimi, Isla de Okinawa (Japón) y más cerca nuestro, el Valle de Vilcabamba (Ecuador).

Como hemos visto, Arturo Capdevilla  puso en evidencia que antes del “descubrimiento”, los indígenas americanos eran saludables y longevos. Sorprendidos por el hallazgo, los españoles comenzaron a buscar la misteriosa “fuente de la eterna juventud” que justificara tamaña población centenaria. Capdevilla demuestra la relación entre la longevidad indígena y sus hábitos de vida fisiológicos, y la correlación negativa con el cambio alimentario impuesto por los conquistadores, que trajeron los “nuevos” problemas de salud que azotaron y aun castigan a nuestro continente.

LAS ZONAS AZULES

A través de libros y documentales se ha difundido el concepto de los humanos longevos que viven en diversas partes del planeta. Ponemos a disposición de los interesados varios libros al respecto . Recientemente plataformas como Netflix han subido series de difusión masiva sobre poblaciones centenarias, como “Vivir 100 años: los secretos de las zonas azules”.

En todos los casos, siempre se han buscado los elementos comunes que caracterizan a estas personas que pasaron la centuria, que responden a distintos climas y poseen genéticas diversas. Hablamos de lugares como Okinawa (Japón), Cerdeña (Italia), Icaria (Grecia), Nicoya (Costa Rica), California (EEUU), Vilcabamba (Ecuador), Valle de Hunza (Pakistán).

A pesar de la diversidad social, alimentaria, cultural, genética y espiritual, los investigadores pudieron hallar características comunes, presentes en las poblaciones longevas de las así llamadas “zonas azules”. Las podríamos resumir en los siguiente puntos:

– Viven en pequeñas comunidades

– Tienen actividad física continua, de trabajo y de entretenimiento

– Se exponen al aire libre y al sol, respetando los ritmos y los ciclos naturales

– No están solos, siempre tienen familiares en torno

– Generalmente no tienen jubilaciones y por tanto se procuran su medio de vida

– Consumen alimentos reales, que habitualmente cultivan, y comen con moderación

– No van al súper mercado

– Usan, cultivan y recogen hierbas medicinales

– No compiten ni sufren estrés; cooperan y viven en pequeñas redes humana

– Hacen servicio y por tanto se sienten útiles a su comunidad

– Cultivan prácticas espirituales

– Tienen un propósito para vivir

O sea, nada “especial”, sino condiciones de naturalidad fisiológica, que como consecuencia permiten manifestar la longevidad natural, propia de la fisiología humana

LOS MAYORES ¿NOS RESPETAMOS?

Lamentablemente la cuestión etaria está mal comprendida en nuestro entorno social. Por un lado porque se la considera un límite utilitario, recibiendo el rótulo de “descartable” aquel que ha pasado los 65 años. Por otro lado, ante este condicionamiento, las personas entran en un proceso de resignación y se ponen como objetivo llegar a esa edad, para jubilarse, accediendo a un “sueldo para estar sin hacer nada” y a una obra social que lo proteja de los “achaques de la vejez”.

Todo es una tremenda falacia. En las culturas longevas, como los hunzas, los vilcabambianos, los sardos, los de Okinawa o los gallegos de Orense, esa edad (los 65 años) representa poco menos que la mitad del ciclo existencial. Los mayores son respetados y venerados. Las tribus indígenas estaban regidas por el “consejo de ancianos” y eran los mayores los que tomaban las sabias decisiones, que no se dejaban en manos de jóvenes sin experiencia de vida.

Estas culturas longevas tienen en común muchos aspectos: los mayores siempre están activos y son útiles a la comunidad, nunca están solos, comparten, siguen ritmos naturales, son autosuficientes con sus alimentos, tienen visión positiva y sobre todo… no compiten, sino que cooperan.

A toda esta carencia social, se agrega una arraigada percepción de desvalorización, que el sistema remacha con el rótulo de “personas a riesgo”. Pareciera que la edad trae aparejada la decrepitud, cuando en realidad lo que refleja la edad es un estado tóxico, hipóxico y ácido, generado por décadas de ensuciamiento crónico, inflamación crónica, parasitosis crónicas y ausencia de prácticas depurativas.

Lamentablemente en las personas mayores hay una reactividad a las propuestas regenerativas y depurativas: “Y ya a esta edad no puedo cambiar”. Grave error. Siempre hay tiempo para rectificar el desorden y regenerar eficientemente nuestras estructuras corporales. El organismo siempre se regenera, independientemente de la edad, pero condicionado por el ambiente corporal. No solo que “podemos” sino que “debemos” recuperar la normalidad funcional. Por una simple cuestión de dignidad y para dejar de depender de tanta medicación represiva y tanto estudio inútil.

En coherencia con esta visión y ante la disponibilidad de recursos y herramientas para que las personas mayores recuperen su eficiencia orgánica (ausencia de dolores, normalidad funcional), deseamos estimular la toma de decisión por parte de nuestros mayores, bonificando sus alojamientos cuando deciden tomar retiros en el Espacio Depurativo. Esperamos que todo esto ayude a tomar mejores decisiones. Como reza el título de un libro español “Si no quiere tomar pastillas, tome decisiones”…

El archivo con más información sobre los mayores se puede descargar aquí.

El archivo con más información sobre la tercera dentición se puede descargar aquí.

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